Deporte, política, muerte. Masacre de Múnich

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Por: Diego Rodríguez Sánchez

La primera mitad del siglo XX estuvo marcada por las dos guerras mundiales. La segunda mitad, por los residuos que dejaron estas guerras. Uno de los principales residuos de los que estamos hablando es el conflicto árabe israelí. Aunque la historia ya venía de antes, lo que se puede considerar como el gran detonante de este conflicto es cuando la ONU aprueba, a petición de Estados Unidos (país con una amplia población judía), la partición de Palestina para cederles un hogar a los judíos. A partir de éste momento, la sangre empezó a fluir. 

 

Los Juegos Olímpicos de 1972 que se celebraron en la ciudad alemana de Múnich (Alemania Occidental) representaban una oportunidad única para los germanos de limpiar la desastrosa imagen que habían dejado los Juegos Olímpicos de Berlín del 36 que Hitler usó como propaganda del régimen nazi. Sabiendo que la situación política por la que pasaba el mundo en aquella época era bastante tensa, los organizadores del evento consultaron al especialista forense Georg Sieber para que creara 26 posibles escenarios de ataques terroristas y así poder estar preparados. Pero, como se quería dar la imagen de los “juegos felices” dejando atrás el pasado bélico de Europa, las medidas de seguridad no aumentaron, por lo que los juegos seguían siendo vulnerables a los posibles escenarios de Sieber. Y, en efecto, el escenario número 21 se convirtió en real.

El 4 de septiembre de 1972 los deportistas israelíes salieron de fiesta y a las 4:40 de la madrugada del 5 de septiembre el grupo terrorista palestino Septiembre Negro, formado por un escuadrón de 8 personas y que habían planeado el ataque con asistencia logística de grupos neonazis, lograron colarse, disfrazados de deportistas, en las instalaciones donde dormían los israelíes. Sin haberse dado cuenta, un grupo de deportistas estadounidenses ayudaron a los palestinos a saltar la verja de casi dos metros, pensando que los palestinos, como ellos, volvían de fiesta y querían acceder a las instalaciones de manera clandestina. Al entrar en el edificio se oyeron los primeros disparos y murieron dos israelíes que decidieron enfrentarse a los palestinos. El resto del equipo olímpico de Israel, nueve deportistas, fueron tomados como rehenes. A las seis de la mañana, cuando la policía de Múnich y los medios de comunicación por fin habían asimilado lo sucedido, los terroristas lanzaron unos papeles por las ventanas donde tenían escritas sus demandas. Pedían la liberación de 236 presos palestinos en las cárceles de Israel y también la puesta en libertad de Andreas Baader y Ulrike Meinhof, fundadores de la Fracción del Ejército Rojo (otra organización terrorista). Además pedían la disposición de un avión seguro con el cual desplazarse a un lugar seguro en Oriente Próximo. Dieron a las autoridades un plazo de tres horas para cumplir lo demandado antes de empezar a matar rehenes, pero se dieron cuenta de que era muy poco tiempo por lo que hicieron una primera ampliación del plazo hasta las tres del mediodía.

Sobre las 11:15 de la mañana llegaron las primeras respuestas. El gobierno alemán cedió a liberar a Baader y Meinhof, pero Israel se negó a liberar a los presos palestinos. Aún así, los negociadores engañaron a los secuestradores diciendo que Israel no había contestado aún su respuesta definitiva y lograron que el plazo se volviera a ampliar, esta vez hasta las 5:00 de la tarde.

Los palestinos, además de los objetivos palpables de la liberación de los presos, querían dar a conocer al mundo su causa, el por qué de esto: la opresión a la que estaba siendo sometida Palestina por parte de Israel y Estados Unidos. Vieron esto cumplirse cuando a las 3:30 el Comité Olímpico Internacional decidió suspender los Juegos Olímpicos, cediendo ante las críticas internacionales que les acusaban de preocuparse solamente de la audiencia que este acto generaba. Y es que la expectación era enorme, todo el mundo tenía sus ojos puestos en el edificio donde se mantenían los rehenes a través de los medios de comunicación y a las afueras del recinto olímpico se aglomeraban multitudes para saber de primera mano que es lo que ocurría.

Al ver que las negociaciones no avanzaban porque ni Israel ni los palestinos cedían, los alemanes decidieron intentar asaltar el edificio. Pero fue un fracaso por diferentes motivos. En primer lugar, Alemania no podía usar el ejército debido a las restricciones a las que estaba sometida por ser la perdedora de la Segunda Guerra Mundial, por lo que se tuvo que recurrir a la policía de Múnich, que no contaba con equipos especializados. En segundo lugar, y debido a la cobertura mediática de la situación, los terroristas podían ver por la televisión como los policías se situaban en la azotea del edificio donde se encontraban los rehenes y sus captores, por lo que el elemento sorpresa era nulo y habría sido muy peligroso intentar entrar en el edificio.

Cuando la policía abandonó el intento de asalto, los palestinos propusieron una forma de intentar relajar el ambiente. Pidieron que el avión les llevara a El Cairo dado que Egipto era un país árabe con buenas relaciones con Occidente y ahí continuar las negociaciones. Cuando las autoridades alemanas hicieron saber la demanda, el Primer Ministro egipcio se negó alegando que no quería vincularse en esta crisis, pero la policía alemana volvió a engañar a los palestinos diciendo que había aceptado.

Convencidos de que irían a Egipto, los terroristas pidieron embarcar en el avión en el Aeropuerto Internacional de Riem en Múnich donde, en secreto, planeaban otro ataque, pero al final fueron convencidos por los negociadores para ir a Fürstenfeldbruck, la base aérea de la OTAN en Alemania. La policía puso a disposición dos helicópteros para llevarles hasta allí y preparó a un equipo de cinco francotiradores para intentar abatir a los palestinos en la base.

Al llegar los helicópteros a la base, dos de los ocho terroristas subieron a revisar el avión, pero éste se hallaba sin tripulación se dieron cuenta de que todo era una trampa y en cuanto bajaron, los focos del aeropuerto se encendieron y comenzaron los disparos. El grupo de francotiradores elegidos por la policía constaba de cinco francotiradores inexpertos cuyo único criterio de selección era que practicaban tiro los fines de semana, además, no contaban con rifles de precisión y no tenían comunicación entre ellos por lo que todo resultó en un caótico intercambio de disparos donde murieron dos terroristas y un policía. Cuando los tiradores se quedaron sin munición, los disparos cedieron por un momento y se le volvió a pedir la rendición a los palestinos.  En este momento los terroristas sabían que el fin estaba cerca y cuando reanudaron los disparos decidieron matar a sus rehenes. Uno de los terroristas decidió accionar una granada dentro de uno de los helicópteros, suicidándose y matando con ello a los rehenes israelís y al piloto del helicóptero. Otro terrorista decidió disparar con su ametralladora a los rehenes del otro helicóptero justo antes de que una bala le alcanzara la cabeza y le matara a él también. Tras este tiroteo el conflicto acabó, saldándose con las muertes de cinco palestinos (los tres restantes fueron detenidos, un policía, un piloto, y once deportistas del equipo olímpico de Israel.

helicóptero

Tras esta masacre, y pese a muchas críticas hacia el Comité Olímpico Internacional, los juegos de Múnich continuaron. Por otra parte, en Israel, la Primera Ministra Golda Meir dio órdenes al servicio secreto israelí de matar, uno por uno, y con métodos semejantes a un grupo terrorista, a todos los que planificaron y organizaron el suceso de Múnich, por lo que el conflicto árabe israelí continuó costando vidas y así sigue hoy en día.

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